miércoles, 9 de junio de 2010

Kafka tenía razón


Desperté de un sueño que no era verdad, como todos los sueños. Y ahora estoy boca abajo, incapaz de ponerme en pie. Miro al techo desnudo y agito mis patas, presa del pánico. Mi propio ser me ha traicionado, y mi espalda, rígida como una cadena, evita una gravedad invertida. Veo mis patas agitarse contra un vacío cercano. Me extraño, no me siento. Habito en un desconocido. El esfuerzo es vano pues no sé dónde aplicarlo. Mis patas necesitan el suelo pero la convicción me abandona. Los recuerdos se me clavan como aguijones envenenados. Oigo un confuso "¡Despierta!" entre el griterío. Pero sólo veo el techo inerte, descascarillado, que me escupe cenizas de lo que he intentado ser.


Una por una, mis patas van parando, cediendo a la evidencia de la nada que me devora periódicamente. La tristeza es una anestesia total. Siento el vértigo de la caída y cómo los sensores desisten de su función... Borrar el dolor.


Metamorfosis ciclotímica. Mi hermano siamés es un caníbal.
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